Activismo-Gay-en-la-Transicion-1979-1981

Además de la victoria que supuso la retirada de los “actos homosexuales” de la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, en la recién estrenada Constitución del 78 el Estado dejaba de ser Católico y pasaba a definirse como aconfesional, cambio sustancial que debiera acabar con el recurrente uso del poder legislativo al servicio de criterios morales e ideologías al que caracterizó al régimen franquista.

La Magistratura de Trabajo de Barcelona emitió, en 1979, una sentencia que sería pionera en todo el estado: declaraba como improcedente el despido de un trabajador que había sido despedido por el hecho de ser homosexual.

Poco después, el Ministerio del Interior acabó por ceder a una de las principales reclamaciones del activismo gay durante la transición y accedió a legalizar el Front d’Alliberament Gai de Catalunya (FAGC). Esta organización se convirtió en la primera entidad homosexual reconocida en España. Suponía el fin de la clandestinidad de las organizaciones LGBT y un reconocimiento a la lucha por los derechos de la colectivo gay que el FAGC llevaba a cabo desde el 75. La legalización contaba con el apoyo de 50 localidades catalanas, diversos partidos políticos y hasta mil personalidades de izquierdas.

De hecho, gracias a la legalización de la FAGC se consiguió un doble objetivo. El primero y más obvio es el abandono de la clandestinidad y el reconocimiento a las organizaciones y acciones del activismo gay durante la transición. El segundo es el fuerte impulso que supuso para la normalización del movimiento LGBT en la sociedad. Las continuas campañas para conseguir la ansiada legalización contribuyeron a integrar a homosexuales y transexuales en el tejido social. Otros movimientos y colectivos de izquierdas, como organizaciones obreras, vecinales y feministas, prestaron su apoyo a la causa LGBT y presionaron a su favor, además de la implicación por parte del mundo cultural.

40 años de dictadura y represión habían acabado por generar un buen número de movimientos que reclamaban mayor libertad y cambios sociales. Activistas de organizaciones de muy diversa índole, supieron confluir y luchar conjuntamente contra un enemigo que los unía: la represión. Y esta unión de fuerzas fue la que permitió que el activismo gay de la transición saliera del armario de la marginalidad y se integrara socialmente.

Pero no todo era lucha política, o al menos, no únicamente. En 1979 Barcelona vuelve a ejercer de ciudad pionera en el estado y organiza el primer Carnaval Gay en la mítica La Paloma. Ese mismo año, otra sala mítica ya desaparecida, La Cibeles, acogía una celebración por todo lo alto de la legalización del FAGC. Parecía que todos los esfuerzos del activismo gay durante la transición habían dado sus frutos y que, finalmente, el colectivo LGBT podía abandonar la marginalidad y reivindicar su visibilidad sin verse amenazados por la acción represiva del Estado.

Sin embargo, en 1980 Barcelona fue testigo de una auténtica involución. Ese año, batidas policiales – metralleta en mano – irrumpen en los bares Men´s y La Luna, dos referentes del ambiente gay barcelonés de la época. La policía ya no podía ampararse en la Ley de Peligrosidad Social, aunque no tardaron en encontrar un nuevo pretexto. Aparentemente, estaban buscando a algún delincuente o indocumentado.

Desafortunadamente, el Gobernador Civil de Barcelona dio continuidad a la persecución de los locales gay. En 1981 ordenó el cierra de diversos locales de ambiente de Barcelona. Una vez más, no podía amparar en la Ley de Peligrosidad, por lo que el Gobernador adujo que su objetivo era “dar una buena imagen de la ciudad a los visitantes del Mundial”. En señal de protesta, se produjo una singular huelga de locales gays el 9 de diciembre de aquel año. Además, los empresarios LGBT respondieron con una de las campañas más sorprendentes del activismo gay durante la transición: colocaron en las puertas de sus negocios una bandera arcoíris con un Naranjito abanicándose (mascota del mundial de fútbol) y con el lema “lo nuestro sí que es mundial”.

1981 fue también el año en que el hospital de la Vall d’Hebrón, en Barcelona, diagnosticó el primer caso de VIH/Sida que se daba en España. La rápida expansión del virus por todo el mundo supuso la llegada de un nuevo enemigo del movimiento gay, algo invisible y mortal que estigmatizó, aún más, al colectivo. El activismo gay que durante la transición había priorizado la lucha política, iba a incorporar desde aquel momento la lucha contra el VIH/Sida. este hecho replantearía la visión de las entidades LGTBI sobre los derechos de las parejas gays, y significaría el inicio de campañas por la igualdad de derechos.